
Frantz Fanon no suele considerarse un teórico del espacio; sin embargo, su obra contiene varias observaciones sobre las relaciones espaciales colonialistas que siguen siendo válidas para el análisis del capitalismo contemporáneo. Una de las más interesantes es la que hace sobre las ciudades coloniales, que describe como espacios urbanos completamente divididos, habitados por los colonizadores en una parte y por los colonizados en la otra. En Los condenados de la tierra (1961, p. 53), describe la ciudad de la siguiente manera:
“La zona habitada por los colonizados no es complementaria de la zona habitada por los colonos. Esas dos zonas se oponen, pero no al servicio de una unidad superior. Regidas por una lógica puramente aristotélica, obedecen al principio de exclusión reciproca: no hay conciliación posible, uno de los términos sobra. La ciudad del colono es una ciudad dura, toda de piedra y hierro. Es una ciudad iluminada, asfaltada, donde los cubos de basura están siempre llenos de restos desconocidos, nunca vistos, ni siquiera sonados. Los pies del colono no se ven nunca, salvo quizá en el mar, pero jamás se está muy cerca de ellos. Pies protegidos por zapatos fuertes, mientras las calles de su ciudad son limpias, lisas, sin hoyos, sin piedras. La ciudad del colono es una ciudad harta, perezosa, su vientre está lleno de cosas buenas permanentemente. La ciudad del colono es una ciudad de blancos, de extranjeros. La ciudad del colonizado, o al menos la ciudad indígena, la ciudad negra, la “medina” o barrio árabe, la reserva es un lugar de mala fama, poblado por hombres de mala fama, allí se nace en cualquier parte, de cualquier manera. Se muere en cualquier parte, de cualquier cosa. Es un mundo sin intervalos, los hombres están unos sobre otros, las casuchas unas sobre otras. La ciudad del colonizado es una ciudad hambrienta, hambrienta de pan, de carne, de zapatos, de carbón, de luz. La ciudad del colonizado es una ciudad agachada, una ciudad de rodillas, una ciudad revolcada en el fango. Es una ciudad de negros, una ciudad de boicots. La mirada que el colonizado lanza sobre la ciudad del colono es una mirada de lujuria, una mirada de deseo. Sueños de posesión. Todos los modos de posesión: sentarse a la mesa del colono, acostarse en la cama del colono, si es posible con su mujer. El colonizado es un envidioso. El colono no lo ignora cuando, sorprendiendo su mirada a la deriva, comprueba amargamente, pero siempre alerta: “Quieren ocupar nuestro lugar.” Es verdad, no hay un colonizado que no suene cuando menos una vez al día en instalarse en el lugar del colono”.
Esta visión, de una ciudad completamente dividida, tanto física, política, económica y racialmente, no es del tipo de ciudades que se suelen analizar o encontrar en occidente e incluso en muchos países del tercer mundo o del sur global. No obstante, los mecanismos que la producen no son una excepción, sino que forman parte de la producción desigual del espacio bajo el capitalismo. Al mismo tiempo que pueden entenderse como una forma espacial destinada a organizar la extracción de excedentes, la apropiación de recursos y la reproducción de relaciones de dependencia.
La ciudad colonial tiene un diseño de enclave1 insertado en la población preexistente. Fue concebida para servir de centro desde el que se explota a la población local y se extraen recursos de la nación en beneficio de la metrópoli (y de los circuitos globales de acumulación). Un enclave que goza de todas riquezas y las condiciones materiales para garantizar su reproducción social y que separa al resto de la población de una ciudad con condiciones precarias para dicha reproducción, lo que es una muestra de su dominación sobre esta.
Bajo esta lógica, la separación espacial tajante de la ciudad no es únicamente una consecuencia del racismo colonial. También es una necesidad económica derivada de una estructura de acumulación basada en la extracción de recursos, la apropiación de rentas y la explotación del trabajo subordinado por los colonialistas.
Aunque la separación descrita por Fanon podría parecer excepcional, está encuentra inserta en el funcionamiento del capitalismo colonial.2 Para explicar esto, es posible recurrir a Henri Lefebvre (1974) quien señala que la producción del espacio forma parte de las dinámicas del capitalismo. Lefebvre sostiene que el proceso de acumulación del capital tiende, por un lado, a uniformar y homogeneizar el espacio y, por otro, tiende a separarlo o fragmentarlo. Esto significa que el capital somete a todo el proceso espacial a sus lógicas uniformizándolo para que sea más útil y estandarizándolo para su mercantilización. Al mismo tiempo, lo divide o fragmenta según las necesidades productivas y de la clase dominante, como en el caso del establecimiento de distritos especializados o la segregación espacial de la población. Por lo tanto, la producción del espacio refleja todo lo anterior, tanto las fuerzas productivas, las luchas de clases y la ideología. Desde esta perspectiva de la economía política, la ciudad colonial puede entenderse como una forma extrema de fragmentación espacial, en la que la producción del espacio materializa directamente la división entre dominadores y dominados.
En este sentido, la ciudad colonial dividida refleja la naturaleza de superexplotación3 de la población y del espacio local para beneficio de la metrópoli. Se trata de una economía de carácter extractivista de recursos naturales que no busca desarrollar la colonia ni integrar a la población a la metrópoli, ni mejorar sus condiciones materiales de vida. Incluso, su atraso tecnológico, intelectual, político le es funcional, ya que garantiza así la dependencia económica de largo plazo, al crear mano de obra barata, como una transferencia continua de recursos al exterior (Marini, 1973).
De ahí que una ciudad tan claramente dividida sea funcional a este tipo de dinámica económica.
Un punto extra que debe de agregarse es lo que Fanon cataloga como maniqueísmo,4 una visión que divide el mundo de forma dualista: el bien y el mal, lo blanco y lo negro, etc. La ciudad colonial dividida entre el espacio del colonizador y del colonizado sigue esta lógica maniquea, en la que el espacio de los locales es el espacio atrasado, corrupto, sin higiene, el espacio malo, mientras que el del colonizador es el espacio bueno. De ahí que se evita el contacto entre uno y otro para no contaminar el espacio del colonizador blanco. Una justificación ideológica que cumple tanto una función material de legitimar la ciudad fragmentada como una función económica de sostener la explotación colonial. Fanon lo describe de la siguiente forma:
“El mundo colonial es un mundo maniqueo. No le basta al colono limitar físicamente, es decir, con ayuda de su policía y de sus gendarmes el espacio colonizado. Como para ilustrar el carácter totalitario de la explotación colonial, el colono hace del colonizado una especie de quintaesencia del mal. La sociedad colonizada no sólo se define como una sociedad sin valores. No le basta al colono afirmar que los valores han abandonado o, mejor aún, no han habitado jamás el mundo colonizado. El indígena es declarado impermeable a la ética; ausencia de valores, pero también de negación de valores. Es, nos atrevemos a decirlo enemigo de los valores. En este sentido, es el mal absoluto.” (Fanon, 1961, p. 42)
Dado lo anterior no debe de sorprender la lógica de Fanon de que para abolir la lógica colonial debe desaparecer la zona colonizada, pues no hay forma alguna de reconciliación con lo loca.
“La violencia que ha presidido la constitución del mundo colonial, que ha ritmado incansablemente la destrucción de las formas sociales autóctonas, que ha demolido sin restricciones los sistemas de referencias de la economía, los modos de apariencia, la ropa, será reivindicada y asumida por el colonizado desde el momento en que, decidida a convertirse en la historia en acción, la masa colonizada penetre violentamente en las ciudades prohibidas. Provocar un estallido del mundo colonial será, en lo sucesivo, una imagen de acción muy clara, muy comprensible y capaz de ser asumida por cada uno de los individuos que constituyen el pueblo colonizado. Dislocar al mundo colonial no significa que después de la abolición de las fronteras se arreglara la comunicación entre las dos zonas. Destruir el mundo colonial es, ni más ni menos, abolir una zona, enterrarla en lo más profundo de la tierra o expulsarla del territorio” (Fanon, 1961, p. 41-42).
Fanon escribió esta lógica espacial de la ciudad colonial basándose en su experiencia de la ocupación de Argelia por los franceses, por lo que podría considerarse que es poco aplicable a la actualidad. Sin embargo, las estrategias coloniales se han reapropiado tanto por gobiernos5 como por la misma lógica capitalista. Basta considerar situaciones actuales en las que se presentan construcciones espaciales de diferentes escalas de tipo enclave que reproducen la lógica de Fanon. Se trata de espacios caracterizados por la separación física, el acceso restringido, la concentración de recursos económicos, la reproducción diferenciada de la vida cotidiana (incluyendo su racialización) y la dependencia de relaciones externas.6
En primer lugar, están los enclaves turísticos internacionales costeros, que están completamente cerrados en sí mismos y se apropian de la playa u otros escenarios naturales. El turista internacional llega en avión, es conducido a estos hoteles todo incluido, pasa un tiempo sin salir del lugar y regresa a su lugar de origen sin haberse mezclado siquiera con la población local. Por supuesto, a esta última se le niega la entrada a estos espacios para su disfrute, que cuentan además con todos los bienes y servicios de los que carecen. Solo se les permite la entrada como fuerza de trabajo barata y claramente bajo una lógica racializada. Ejemplos de grandes complejos turísticos cerrados se encuentran fácilmente en el tercer mundo como en Punta Cana o en Riviera Maya. Son economías de enclave que explotan los recursos naturales de un lugar, retribuyendo mínimamente a la población local a la que explotan intensivamente. De este modo, se crean espacios altamente desiguales y una dependencia económica del turismo internacional.
En segundo lugar, los desarrollos urbanos cerrados para clases altas dentro de una misma ciudad tienden a reproducir la lógica colonial de la separación tajante con el resto de la ciudad. Son lugares en los que no hay interacción física alguna con el resto de la ciudad y sus habitantes. Además, imponen sus propios sistemas de vigilancia y leyes internas, en contraposición al orden social externo. En las playas, la versión de este tipo de desarrollos son las marinas o los lotes náuticos de lujo.7 Este tipo de desarrollos puede estar dirigido a la burguesía internacional, como las islas y penínsulas artificiales de Dubái, o a las elites locales beneficiadas de estos modelos de explotación.
Por último, en la ocupación colonial de Palestina por Israel8 la segregación espacial tajante, la fragmentación territorial (de Gaza y Cisjordania), las restricciones de movilidad y control territorial, así como las narrativas maniqueas (los israelitas son los buenos y los palestinos, los malos) descritas por Fanon mantienen una notable capacidad explicativa. Especialmente cuando se ha animalizado a los palestinos, como Fanon señalaba como una consecuencia lógica del maniqueísmo,9 lo que ha facilitado su genocidio.10
En suma, las observaciones espaciales de Frantz Fanon sobre la ciudad colonial aún tienen bastante que ofrecer para ayudar a explicar el mundo actual.
Referencias
Albanese, Francesca. (2025). From Economy of Occupation to Economy of Genocide: Report of the Special Rapporteur on the Situation of Human Rights in the Palestinian Territories Occupied since 1967 (A/HRC/59/23). Human Rights Council, Fifty‑ninth Session, 16 June–11 July 2025. United Nations, 2025. https://www.un.org/unispal/document/a-hrc-59-23-from-economy-of-occupation-to-economy-of-genocide-report-special-rapporteur-francesca-albanese-palestine-2025/.
Davis, Mike & Bertrand Monk, Daniel (Ed.) (2007). Evil Paradises. Dreamworlds of Neoliberalism. New York: The New Press.
Fanon, Frantz. (2026[1961]). Los condenados de la tierra. México: FCE.
Foster, John Bellamy. (2025). “Imperialism and White Settler Colonialism in Marxist Theory.” Monthly Review 76, núm. 9 (2025). https://monthlyreview.org/articles/imperialism-and-white-settler-colonialism-in-marxist-theory/
Kipfer, Stefan. (2007). Fanon and Space: Colonization, Urbanization, and Liberation from the Colonial to the Global City. Environment and Planning D: Society and Space, 25(4), 701-726. https://doi.org/10.1068/dkipfer
Lefebvre, Henri. (2013 [1974). La producción del espacio. Madrid: Capitán Swing.
Marini, Ruy Mauro. (1973). Dialéctica de la dependencia. México: Era.
Smith, D. Vance. (2025). Atlas´s Bones: The African Foundations of Europe. Chicago: The University of Chicago Press.
Veracini, Lorenzo. (2015). The Settler Colonial Present. London: Palgrave Macmillan.
Wolfe, Patrick. (2006). “Settler Colonialism and the Elimination of the Native.” Journal of Genocide Research 8, no. 4 (2006): 387-409.
Se debe de entender como un tipo de enclave económico, en cual su lógica es extraer recursos locales para su exportación, con una conexión mínima con su entorno local. Lo que significa que produce pocos encadenamientos productivos dentro de la nación que se localiza o beneficios de otro tipo a la población circundante.
Desde una perspectiva marxista el colonialismo es parte del capitalismo. No es un tipo de economía diferente, por el contrario, el colonialismo fue fundamental para el nacimiento del capitalismo, así como para su crecimiento global.
Como la definió Marini (1973).
Para una explicación del uso que da Fanon al termino maniqueísmo véase Smith (2025).
Es posible hablar de la aplicación de las técnicas coloniales dentro de las mismas naciones colonialistas. Algo que describió Aimé Césaire como un “bumerán imperial” y que ha dado pie al colonialismo interno. El cual es posible encontrar incluso dentro de naciones del sur global.
Aunque toda ciudad colonial es una expresión de la producción capitalista del espacio, no toda fragmentación espacial capitalista es colonial. Lo que distingue al orden colonial es la articulación entre la explotación económica, la dominación política y la jerarquización racial de poblaciones diferenciadas, que se reflejan en la administración de la ciudad colonial.
Este tipo de desarrollos tuvieron una explosión y una gran diversidad a lo largo de los años. Algo que se ha venido registrando desde hace décadas con el auge del neoliberalismo, como lo describió Davis & Bertrand (2007).
El colonialismo de Israel se ha catalogado por algunos autores como un colonialismo de asentamientos, uno que busca reemplazar a la población local por completo (Wolfe, 2006 y Veracini, 2015). Sin embargo, Foster (2025) argumenta que el término es tautológico desde la tradición marxista. Es decir, el colonialismo implica la expulsión o exterminación de la población local en menor o mayor medida como una estrategia. Al mismo tiempo que puede convivir con la superexplotación de la fuerza de trabajo local o apoyarse únicamente a esta. Por lo que las observaciones de Fanon son vigentes para el caso de Israel.
Fanon (p. 43) menciona: “A veces ese maniqueísmo llega a los extremos de su lógica y deshumaniza al colonizado. Propiamente hablando, lo animaliza”.
Sobre el genocidio palestino véase el reporte especial de la ONU de Albanese (2025).
