La revolución de las flâneuses
Reflexiones sobe el caminar como herramienta política del feminismo

La figura del flâneur se ha convertido en un cliché y una aspiración entre los estudiosos e interesados en las ciudades contemporáneas: el paseante que vaga sin rumbo fijo por la ciudad y describe lo que ve y encuentra a su paso. Esta figura[1] incluso se ha considerado contestataria en el pasado al develar y describir lo que escapa a los discursos dominantes de la ciudad: la pobreza, las injusticias, la especulación urbana, las ficciones e intereses burgueses, etcétera. Esto al no ceñirse a un lugar que le demanden las convenciones sociales en su andar y sus reflexiones.
Por ejemplo, David Harvey (2008, p. 75-76) escribe que para Balzac el flâneur “es algo más que un esteta o un observador reflexivo, también está tratando de penetrar el fetiche, buscando deliberadamente desvelar los misterios de la ciudad y de las relaciones sociales”. Este “cartografía el terreno de la ciudad y evoca sus cualidades vivas, haciendo que, de manera inconfundible, la ciudad se vuelva legible para nosotros”.
A pesar de que parece al alcance de cualquiera, no es tan sencillo en las ciudades contemporáneas. Pasear por la ciudad de manera despreocupada, con tiempo y analizando todo requiere no tener la necesidad de ganarse la vida trabajando. Probablemente se necesite ser un hombre adinerado, de la burguesía, con buena condición y salud, que le permitan pasear durante horas y días por una ciudad, perderse, descubrirla y escribir sobre ello. Igualmente, se requiere una ciudad en la que se pueda caminar, con diversidad de actividades gratuitas, mezcla de clases sociales, asequible y segura.
Estas condiciones solo se dan en contadas ocasiones y en situaciones muy particulares dentro del capitalismo actual. Además, la idea de pasear y descubrir esta capturada por el capitalismo. Se impulsa a pasear para consumir, se incita a “perderse y descubrir” en barrios turísticos y gentrificados; se reporta en las redes sociales para ganar seguidores, bajo una idea de rebeldía a lo estableció y de salir del entorno propio. Mientras tanto, la clase trabajadora tiende a realizar largos recorridos en su día a día y, en muchas ciudades, en condiciones malas e inseguras, para poder vivir. Son el motor de la creación y el mantenimiento de los espacios urbanos, y sus trayectos son invisibilizados.
En toda esta discusión sobre flâneur, sobre el pasear por la ciudad, hay una gran omisión: las mujeres, la mitad de la humanidad. Por ello, en La revolución de las flâneuses (Wunderkammer, 2019), Anna María Iglesia plantea que las mujeres necesitan retomar y crear la figura de las flâneuses, de las paseantes, y reivindicar su concepto contestatario. Recuerda un aspecto fundamental de la figura del flâneur: está construida sobre la idea de un hombre que recorre y consume la ciudad en soledad, sin los peligros que enfrentaría una mujer ser vigilada, abusada, atacada, vejada, violada o asesinada. Asimismo, que en la construcción literaria de esta figura, la mujer ha sido sistemáticamente dejada de lado, al mismo tiempo, que al flâneur se le ha asociado al deseo masculino y la ciudad a la mujer (Harvey, 2008, p.116 y 287).
Al demandar que las mujeres puedan también ser paseantes, es demandar que las condiciones de violencia sexista desaparezcan e incluso enfrenta al capital al demandar ocio sin consumo como una actividad a realizar para poder caminar y tiempo para recorrer la ciudad fuera del trabajo (y de sus trayectos cotidianos). Esto, a su vez, implica que las mujeres no se vean confinadas al espacio privado para realizar tareas de reproducción social y que su uso del espacio público no se subordine a esta tarea.
Por ello, “es necesario hablar de la flâneuse en tanto que mujer que interviene en el espacio público, que reclama su sitio, reclama el poder de hablar y ser escuchada…en este sentido, reivindicar la flâneuse puede ser la manera de contestar a la utopía de la ciudad como espacio de libertad y denunciar las falacias del espacio urbano la más férrea plasmación del orden social, cultural, político y económico” (p. 38). Para lo cual plantea la demanda el derecho a ocupar las calles; a ser espectadoras activas, a mirar sin ser vistas; a no consumir ni ser consumidas (en el espacio público); a existir solas mientras se viaja; a ser autoras, y a caminar como una forma de insubordinación.
Es decir, retomar el acto de caminar para trasgredir el estatus político actual: “La trasgresión es siempre el motor de todo cambio social, la transgresión es la expresión pública de la no aceptación de las normas impuestas” (p. 142). En este sentido, lo que plantea Iglesias debe de ser leído como el primer paso, para que las mujeres se sitúen como sujetos políticos:
“Si, como señala Manuel Delgado, la ciudad es la imposición de un orden y de unas relaciones, es lo homogéneo, lo que hicieron las flâneuses es transformar lo urbano, entendido como las relaciones sociales que oscilan, que no responde a un orden. Lo urbano es el modo en que es habita la ciudad y las flâneuses lo redefinieron, legitimándose como sujetos, saliendo del espacio-recinto que era el ámbito de lo doméstico y ocupando el espacio público” (p. 150).
“En otras palabras, la flâneuse es la mujer que, cuestionando las practicas urbanas, cuestiona el sistema, es aquella que, apropiándose de las calles y del espacio público, propone un contrarrelato, contesta el discurso” (p. 151).
Anna Iglesia busca que las mujeres tengan agencia y sean agentes para recrear la vida y los espacios sociales, en contraposición al orden patriarcal y económico capitalista presente en la vida urbana. Esto sin duda implica sin lugar a dudas una lucha por el derecho a la ciudad para las mujeres, lo que tendría implicaciones para toda la sociedad y para las ciudades. Como menciona David Harvey: “Cualquier reconstrucción de las cosas supone una reconfiguración de las relaciones sociales: al hacer y rehacer la ciudad nos hacemos y rehacemos a nosotros mismos, tanto de manera individual como colectiva. Construir la ciudad como ser vivió es reconocer su potencial como cuerpo político.” (Harvey, 2008, p.74).
Ahora bien, me parece importante señalar que la propuesta de Anna Iglesia puede quedarse corta al señar que las mujeres requieren “volver a ser, flâneuses…ser y seguir siendo incomodas” (p. 153). Como señala Rebeca Solnit “el caminar en sí mismo no ha cambiado el mundo, pero caminar juntos ha sido una…herramienta y un reforzamiento de la sociedad civil, capaz de resistir ante la violencia, el miedo y la represión” (2015, p. 9).
Es claro que la insubordinación como acción política puede tener un impacto inicial alto, pero puede fácilmente diluirse. Es posible que esta acción vaya más allá de un acto individual y pueda dar pie a la creación de un sujeto político colectivo con una lucha emancipatoria que alcance el derecho a la ciudad e incluso lo trascienda si se encamina hacia ello. Consideremos dos ejemplos.
Las artistas Margarita Manso y Maruja Mallo caminaban, acompañadas de García Lorca y Salvador Dalí, por el centro de Madrid cuando decidieron quitarse su sombrero. Prenda que las convenciones, de la sociedad conservadora española de principios del siglo XX, exigía que vistieran las mujeres. Esto provocó que fueran atacadas por un grupo de personas que les lanzó piedras y tuvieron que huir del lugar (Iglesia, 2019, p. 139). Las artistas realizaron un gesto para reivindicar su libertad y su derecho a la ciudad. Sin embargo, su gesto y su forma de caminar no tuvieron un gran impacto social a lo largo del tiempo. Serían otras luchas en España las que abrirían una mayor libertad para que las mujeres pudieran pasear con mayor libertad.
Una situación similar ocurrió en Irán en 2022, cuando Jina Masha Amin caminaba con su hermano en Teherán y fue golpeada por la policía por no llevar el hiyab (velo) de manera adecuada, lo que le causó la muerte. Esta situación desembocó en protestas de corte feminista en todo Irán, que contaron con un amplio apoyo popular. Esto se debe a que, como mencionaba Slavoj Žižek, su protesta no solo era por la libertad de las mujeres de no llevar velo en el espacio público, sino que también atacaba la opresión de las mujeres, la represión estatal y el fundamentalismo religioso del gobierno iraní. Esto empujó a miles de personas (incluidos hombres) a salir a la calle en busca de la emancipación colectiva[2], ya que los hombres comprendieron que no serían realmente libres hasta que las mujeres también lo fueran. Esta es la gran lección que en occidente se debe aprender: apoyar la lucha feminista por la emancipación. Algo que es especialmente urgente el día de hoy, en los tiempos de crecimiento de la derecha y el fundamentalismo religioso que abanderan posiciones que atentan contra las libertades de las mujeres y los prospectos emancipatorios.
Referencias:
Iglesia, Anna María. (2019). La revolución de las flâneuses. Barcelona: Wunderkammer.
Harvey, David. (2008). París, capital de la modernidad. Madrid: Akal.
Slavoj Žižek Sends a Message of Solidarity to the Iranians Protesting Mahsa Amini’s Murder. Video, September 30, 2022. https://en.radiozamaneh.com/32762/.
Solnit, Rebecca. (2015). Wanderlust: Una historia del caminar. Santiago de Chile: Hueders.
[1] David Harvey (2006) identifica distintas interpretaciones literarias del flâneur, sea basadas en Balzac, Baudelier, Zola o Flaubert.
[2] Si bien el momento político en Irán se detuvo por la violenta represión del régimen y el ataque de Israel-EUA al país, la huella quedó marcada. Hasta antes de la guerra, ya existían reportes de un gran número de mujeres dejando de utilizar el velo.

