
…El surgimiento histórico de la profesión de la arquitectura como «autónoma», como una «ideología» por derecho propio: “[Es esta ideología] la que, en primera instancia, se construyó con el fin de proporcionar símbolos en forma de monumentos, autorizar obras de exhibición pública y privada, y proporcionar una cobertura estética a las ramificadas actividades de construcción de la sociedad capitalista. […] Ha influido en el llamado «vandalismo» del periodo revolucionario, en la construcción de los monumentos de Hausmann, en los experimentos de Eiffel y Hennebique, en la construcción de capitales estatales desde Nueva Delhi hasta Chandigarh y Brasilia.” (Cunningham y Goodbun, 2006, p. 14).
La arquitectura contemporánea de las grandes firmas ha generado para sí misma un discurso para justificar su trabajo. Uno alineado con los designios del mercado y a la ideología capitalista, que se presenta como un trabajo progresista y con tintes de genialidad artística.
Al respecto, el arquitecto Douglas Spencer ha desmenuzado estos discursos y la teoría en la que se sustentan en su libro La arquitectura del neoliberalismo (Puente Editores, 2025), abordando los fundamentos teóricos que utilizan grandes arquitectos y arquitectas como Zaha Hadid, Patrick Schumacher, Alejandro Zaera-Polo, Farshid Moussavi o Greg Lynn, entre otros. Spencer hace una gran labor al exponer que los fundamentos teóricos que utilizan son muy endebles y totalmente despolitizantes, y analiza diversos edificios desarrollados por estos arquitectos. Algo que no debería sorprender del todo, ya que es uno de los principios ideológicos más importantes del neoliberalismo: despolitizar las decisiones públicas de los gobiernos y tratarlas como técnicas. En el caso de la arquitectura, la despolitización ha dado un giro hacia el irracionalismo, al no poder enganchar la arquitectura a las discusiones técnicas de la economía ortodoxa.
Spencer hace su análisis lo hace principalmente desde los desarrollos teóricos de Michel Foucault, de Pierre Dardot y Christian Laval. Por lo que centra su crítica a una base de discursos de verdades y subjetividad, donde el poder trata de instalar nuevas formas de control. Esto tiene el efecto de eliminar del foco de la discusión sobre el capitalismo, su proceso de acumulación y la lucha de clases, algo que sí hace la economía política. El mismo autor minimiza incluso las discusiones sobre el neoliberalismo de teóricos marxistas como David Harvey (2007), ya que considera que no tienen en cuenta la producción de subjetividades y que el neoliberalismo va más allá del simple proceso de acumulación capitalista, ya que tiene sus propias especificidades en torno a la gubernamentalidad (p. 30-31).
Dado el valioso trabajo que realiza, merece la pena leer su libro desde la economía política, para exponer el mecanismo ideológico que despliegan los discursos neoliberales de la arquitectura. Esto es fundamental actualmente, dado que la construcción de grandes edificaciones se ha vuelto uno de los motores predilectos de la especulación capitalista y de los arreglos espaciales-temporales (spatio-temporal fix[1]) del capital para continuar su acumulación. Asimismo, es necesario mostrar las limitaciones de la crítica de Douglas Spencer basada en enfoques foucaultianos.
La operación ideológica de la arquitectura y la despolitización
Con el capitalismo neoliberal diversos arquitectas y arquitectos han prosperado económicamente y son reconocidos como figuras públicas. Su éxito se explica en parte gracias a que han creado un aparato teórico-ideológico heterogéneo que les ayuda a justificar su trabajo, les da prestigio a sus clientes y le sirve al mismo capitalismo para su reproducción. Para ello, recurren a diversos discursos y teorías como la cibernética; las ciencias de la complejidad y la emergencia; la filosofía de Deluze y Guattari; la post-crítica; el orden espontaneo, o la teoría del afecto. Por lo que no tienen una teoría de la arquitectura homogénea ni sólida. Esta heterogeneidad y falta de coherencia les permite desplegar de manera oportunista discursos derivados de estas teorías según las circunstancias, para minimizar las críticas, evadir las contradicciones e incluso posicionarse como una vanguardia progresista. Esto lo han logrado a través de una operación discursiva en cinco pasos.
Primero, en sus discusiones y discursos públicos, como en su proceso de trabajo, evaden tratar directamente con las contradicciones del capitalismo, como la existente entre el capital-trabajo y el capital-naturaleza. Por lo tanto, en sus planteamientos no existe un diagnóstico claro de estos conflictos ni se discute cómo enfrentarse a la explotación laboral o a la destrucción ambiental por el capitalismo. En lugar de abordar estas contradicciones críticamente, las sustituyen por discusiones sobre la complejidad, la implementación de espacios no jerarquizados, la adopción de formas inspiradas en la naturaleza en donde se destaca la fluidez de los diseños y el plegado de las formas. De este modo, reconocen parcialmente los problemas del capitalismo y ofrecen soluciones superficiales. Al respecto Spencer menciona que:
“La arquitectura del neoliberalismo se puede reconocer abiertamente tales luchas, antagonismos o contradicciones. Su retórica denuncia incluso la idea misma de tensiones, mientras que su apariencia esta diseñada para disolverlas en superficies y formas fluidas” (P. 217).
Es importante señalar que aceptan la idea de la complejidad y la multiplicidad, es decir, que la sociedad es compleja y está formada por múltiples elementos interconectados. Por ello, siempre buscan incluir algo para cubrir y reconocer a todos los grupos sociales que pudieran estar involucrados en un proceso (sean o no marginados) para evitar las críticas relacionadas a la exclusión o marginación social. Lo cual no es más que una operación equivalente a la mala infinitud, como la define Hegel. Añadir un elemento para reconocer algún grupo o elemento social en conflicto no lo hace más universal, por lo que no genera un consenso social ni elimina las contradicciones del capitalismo (que es lo realmente universal) relacionadas con la explotación laboral.
Segundo, el discurso que resaltan los arquitectos es la inmediatez, los afectos y la sensación (de la forma del edificio). Esto es muy claro para la arquitecta inglesa Farshid Moussavi que señala que:
“la percepción de una forma arquitectónica implica dos etapas. En primer lugar la forma transmite un afecto. Más tarde, este afecto es procesado por los sentidos para producir afecciones únicas: pensamientos, sentimientos, emociones y estados de ánimo. Y en la medida que un afecto puede desplegarse en diferentes afecciones o interpretaciones en diferentes seres, incorpora a la forma la capacidad de percibirse de múltiples maneras. A través de la agencia de los efectos especiales, en cada caso una forma arquitectónica actúa como una singular multiplicidad, como una “función” que conecta a los seres humanos con su entorno, y también entre sí, aunque de diferentes maneras. Para explorar las formas como multiplicidades, los arquitectos deben de centrarse en sus funciones afectivas” (p. 192).
Mientras que para Sylvia Lavin, historiadora y teórica de la arquitectura, “la superficie arquitectónica que se besa no es kitsch ni vanguardista, ni legible ni demandante de una atención forzada, es simplemente erótica. En cambio, es afectiva y eidética, porque moldea la experiencia a través de la fuerza, más que de la representación” (p. 197).
En contraposición, Anna Kornbluh (2023) señala que el capitalismo actual premia la inmediatez y las teorías que enfatizan las respuestas automáticas, la fuerza corpórea, la experiencia sentida, la selección irracional, etc. Sin embargo, este tipo de teorías solo se quedan en el nivel de registro de lo que los sentidos recogen de forma material inmediata. Esto es lo que Hegel definió como “certeza sensible” en la Fenomenología del espíritu (2021), y es sólo el primer paso para el desarrollo de la razón, no de su comprensión absoluta. Mantenerse en este punto es un error que cualquier filósofo y crítico riguroso debe de evitar. Por ejemplo, la teoría marxista está dedicada al análisis crítico de la mediación dentro del capitalismo, es decir, estudia cómo el trabajo media con la naturaleza, cómo las reglas sociales median la posición social, cómo el capital media el valor pretendiendo que no es un medio (Kornbluh, 2023, p. 155).
Tercero, para la arquitectura es más importante resaltar lo que se siente que lo que se razona. Por lo tanto, la (razón) crítica no es necesaria ni útil para el ejercicio de la profesión. Como resultado, la arquitectura da un giro irracionalista. El crítico de arquitectura Jeffrey Kipnis lo ilustra muy bien al señalar que “la crítica como una práctica especialmente perniciosa, comparada, en su carácter violento y sádico con la vivisección. Un proyecto estancado, actualmente menos reflexivo que mezquino, cuyo tiempo ha terminado” (p. 95).
Otro ejemplo del rechazo al uso de la razón lo ofrece Lars Spuybroek, director del despacho NOX, quien rechaza cualquier componente cognitivo de la estética: “la estética…es ontología”. Las cosas son como son estéticamente, o, como dirían algunos, porque causan un efecto, o, como dirían otros, porque se afectan entre sí”. (p. 197).
En La destrucción de la razón (1980), Lukács define el irracionalismo como un movimiento filosófico que cuestiona la dependencia exclusiva de la razón y el conocimiento para comprender la realidad y que, a menudo, propone explicaciones alternativas basadas en la voluntad personal, los instintos o las emociones. Históricamente, se ha asociado con ideologías reaccionarias y fascistas. En este sentido, no es de extrañar que muchos arquitectos de renombre hayan trabajado abiertamente en naciones que son dictaduras y que ni siquiera abanderan valores liberales relacionados con la igualdad de derechos, como Catar, Dubái, Arabia Saudia, entre otras. Por lo que tampoco debería de extrañar las declaraciones reaccionarias de Patrick Schumacher sobre detener la financiación a las escuelas públicas de arte, eliminar los controles de renta, el “anacronismo” de lo políticamente correcto, la privatización de espacios públicos y la gentrificación de Londres por parte de plutócratas internacionales (Wainwright, 2016).
Cuarto, como resultado se abandona la planeación (racional) y se excluye deliberadamente de toda consideración los efectos que un edificio por construir tendría sobre el espacio circundante y la sociedad. Esto incluye el cómo y para quién se construyen (como para una empresa de un régimen teocrático). Como ejemplo, de los discursos desplegados, Koolhas desarrolla la idea de “grandeza” para la arquitectura, la cual se opone a la normativa de la ciudad, pues: “donde la arquitectura desvela, la Grandeza desconcierta, la Grandeza transforma la ciudad de formar una suma de certezas a ser una acumulación de misterios…la Grandeza ya no forma parte de ningún tejido urbano. La Grandeza como mucho coexiste. Su subtexto es que se joda el contexto” (p. 133).
Quinto, se adhieren al libre mercado. Lo importante es el cliente, sus necesidades individuales; por lo que lo social queda relegado. Patrick Schumacher sostiene que: “quizás la sociedad debería permitir al mercado descubrir la disposición más productiva de usos del territorio, una distribución que coseche sinergias y maximice el valor total. El proceso de mercado es un proceso evolutivo que opera a través de la mutación (ensayo y error), la selección y reproducción. Es autocorrectivo y autorregulado, y lleva un orden autoorganizado. Así, podríamos suponer que la distribución de los usos de suelo y, por tanto, la dimensión programática del orden arquitectónico debe de ser determinada por los clientes privados de los arquitectos” (p. 18).
Igualmente, está en total consonancia con la idea neoliberal de que lo político debe separarse de lo técnico y de que el gobierno debe de ser uno tecnocrático, libre de los ciclos políticos y enfocado en el libre mercado. Schumacher traslada esta idea a la arquitectura al afirmar que “no es función de la arquitectura promover o iniciar agendas políticas que no estén ya prosperando en el ámbito político” (p. 102). Sostiene que los arquitectos deben guardarse sus convicciones políticas para sí mismos y que la política debe tratarse en el sistema político. De esta manera, se busca generar una separación entre la arquitectura y la política, es decir, despolitizarla.
Esta operación ideológica en cinco pasos cumple dos funciones prácticas para los arquitectos. Por un lado, les permite desempeñar un papel social de “progresistas”, ya que no pueden ir por la vida diciendo que no les importa la sociedad. Necesitan ser reconocidos y justificar su utilidad para que su trabajo tenga algún valor social.
Por otro lado, les permite comercializar sus diseños con diferentes empresas y gobiernos. A las empresas capitalistas les viene perfecto esto, pues les permite sostener que han implementado algún tipo de soluciones materiales e ideológicas ante los problemas del capitalismo neoliberal, mientras les permite seguir acumulando capital. Schumacher afirma que “hoy no hay mejor lugar para un proyecto progresista y con visión de futuro que los dominios empresariales contemporáneos más competitivos” (p. 93).
Esa es la razón por la que los arquitectos (y sus empresas) realizan tanto esfuerzo para justificar sus diseños y construcciones. Su trabajo opera en espacios altamente sociales, por lo que adoptar discursos cínicos que no tengan en cuenta alguna preocupación social los alienaría por completo. O terminarían siendo relegados dentro del mismo mercado. La importancia de un discurso, aunque sea contradictorio o superficial, es fundamental para poder seguir vendiendo sus servicios.
Capitalismo y neoliberalismo
El argumento principal de Foucault sobre el neoliberalismo es la particularidad de que el poder busca instaurar nuevas subjetividades para que cada individuo acepte las premisas del mercado como un modo de vida: competitividad, individualismo, etc. De esta manera, se crea un control no relacionado con la fuerza, sino con la mente: una guberna-mentalidad. Esto es lo que sitúa al neoliberalismo como algo novedoso que va más allá de las lógicas del capitalismo.
Tal como señala Gilles Pinson (2025), Foucault niega que el neoliberalismo siga una lógica ideológica, política o de fuerzas económicas capitalistas y, con ello, rechaza la lucha de clases o las acciones estatales. Según la interpretación foucaultiana los individuos, las comunidades y los territorios “no son víctimas ni “artefactos” de la neoliberalización, sino protagonistas activos del ethos competitivo” (Pinson, 2025, p.31).
Esto genera una serie de problemas que debilitan su crítica desde el punto de vista político, ya que parece que lo único que se aspira es a una reforma del capitalismo que reduzca la concentración de poder y de control de subjetividades diferentes, en el mejor de los casos.
Al descentrar las dinámicas del capital del análisis social, se presenta el poder como omnipresente y se le iguala con el Estado, lo que elimina la posibilidad de trascender el capitalismo. En consecuencia, se elimina del análisis la explotación laboral, la extracción del plusvalor, la lucha de clases y la posibilidad de que el proletariado surja como una clase para sí.
La interpretación de Spencer lleva a considerar que las tecnologías (entre las que se encontraría la arquitectura) son principalmente mecanismos de poder, sin tener en cuenta su papel en el proceso de acumulación de capital. En contraste, David Harvey argumenta que la construcción de edificios (diseñados por arquitectos reconocidos) genera rentas monopólicas al crear reivindicaciones de excepcionalidad, autenticidad, particularidad y especialidad. Lo cual permite acumular capital simbólico y crear marcas de distinción dentro de las ciudades, lo que facilita la inversión del capital inmobiliario en ellas en busca de estas rentas monopólicas (Harvey y Smith, 2005). Esto otorga una gran relevancia a los arquitectos dentro de la ciudad neoliberal y es aquí donde deben situarse los discursos ideológicos de la arquitectura para comprender que responden a las necesidades del modelo de acumulación imperante.
Es importante recordar cómo se financian los edificios, quiénes y cómo los construyen, dónde se hacen y qué objetivos persiguen. Esto incluye su financiarización, si se construyen en un régimen teocrático, si se explota a inmigrantes sin derechos para su construcción, si se privatizan espacios comunes para ello o si se destruye la naturaleza para llevarla a cabo. También hay que tener en cuenta si están enfocados en ser proyectos de vanidad, especulativos o de prestigio para un grupo capitalista. Todos estos aspectos se minimizan u obvian porque no son fundamentales para el análisis foucaultiano.
Comentarios finales
Debido al desprecio de Spencer por la economía política, su análisis de los discursos de la arquitectura contemporánea resulta insuficiente, e incluso sobre el papel de la arquitectura en la sociedad. Al basarse en los desarrollos foucaultianos, relaciona a la arquitectura como una tecnología al servicio del poder y su respuesta a ello es sólo retomar la crítica racional de la arquitectura en sus formas sensoriales (p. 206); lo que en el mejor de los casos resulta ser reformista.
Se debe tener en cuenta que la arquitectura está inmersa en el ciclo de producción, circulación y consumo del capitalismo. Al respecto, la arquitectura, “en primer lugar, al funcionar según las exigencias del desarrollo, produce objetos materiales concretos (edificios, entornos, espectáculos). En segundo lugar, produce prácticas sociales asociadas tanto a la producción como al consumo u ocupación de estos objetos materiales y tecnologías específicos. En tercer lugar, se produce y reproduce a sí misma como discurso, como conocimiento.” (Cunningham y Goodbun, 2006, p. 13). Es en este último lugar que podemos situar el discurso de la arquitectura neoliberal. Cabe señalar que este discurso solo sirve para justificar su reproducción, pues la creación de objetos materiales y su consumo le preceden. En este sentido, recuperar la crítica (parcial) del discurso sin abordar tanto el cómo se produce y el cómo se consume resulta altamente limitado.
De igual modo, es posible establecer que la arquitectura como campo de conocimiento tiene tres tareas dentro de la modernidad capitalista. “La primera es actuar como técnicos del desarrollo espacial. Bajo el capitalismo, esta es principalmente la tarea de mercantilizar el espacio. Esto es en lo que la gran mayoría de los arquitectos dedican la mayor parte de su tiempo. La segunda tarea es «poética» o artística, y tiene que ver con abordar, expresar, intensificar o mejorar de alguna manera la experiencia espacial de la modernidad. La tercera tarea es utópica o vanguardista, y consiste en imaginar futuros socio-espaciales alternativos” (Cunningham y Goodbun, 2006, p. 14).
La ideología de la arquitectura neoliberal se enfoca en mercantilizar el espacio, subsumiendo en el proceso su tarea “poética” y la tarea de imaginación de alternativas a los arreglos socio-espaciales actuales, como bien demuestra Spencer.
Es esta última tarea la que resulta más relevante para los proyectos emancipatorios de izquierda, por lo cual debe buscar también liberarse para que deje de cumplir con tareas innovadoras a favor del capital y de un giro para imaginar alternativas para para enfrentar las múltiples crisis del capitalismo que amenazan el futuro de la humanidad. Por ello, recuperar la razón tiene que ir más allá de criticar sólo las formas de la arquitectura, es necesario que aborde por completo el papel de la arquitectura dentro del ciclo del capital y así le permita recuperar sus posibles potencialidades para plantear futuros emancipadores.
Referencias:
Spencer, Douglas. (2025). La arquitectura del neoliberalismo. Barcelona: Puente Editores.
Anna Kornbluh (2023). Immediacy or, The Style of Too Late Capitalism, Verso Books.
Castree, Noel & Gregory, Derek. (Eds.). (2006). David Harvey: A critical reader. Wiley-Blackwell.
Cunningham, David y Jon Goodbun. (2006). “Marx, Architecture and Modernity.” The Journal of Architecture 11, no. 2 (2006): 169–185. https://doi.org/10.1080/13602360600787066.
Harvey, David. (2007). Breve historia del neoliberalismo. Madrid: Akal Editores.
Harvey, David & Smith, Neil. (2005). Capital financiero propiedad inmobiliaria y cultura. Barcelona: MACBA &UAB.
Lukács, Georg. (1980). The Destruction of Reason. London: Merlin Press.
Pinson, Gilles. (2025). La ciudad neoliberal. Traducción de Diego Roldán. Ciudad de México: El Colegio de México
Wainwright, O. (2016). ‘Zaha Hadid’s successor Patrik Schumacher: Scrap art schools and build more luxury flats’, The Guardian, 24 November. Available at: https://www.theguardian.com/artanddesign/2016/nov/24/zaha-hadid-successor-patrik-schumacher-art-schools-social-housing.
[1] Para una explicación más detallada de los arreglos espaciales y arreglos espacio-temporales véase “Spatial Fixes, Temporal Fixes and Spatio-Temporal Fixes” en Castre & Gregory (2006).
