El egoísmo y la vanidad de la arquitectura
Haussmann, del engaño como herramienta para la captura de lo público

A lo largo de mis años de trabajo me he encontrado con diversos personajes que buscan llevar a cabo algún tipo de proyecto urbano de infraestructura o edificaciones que, en muchas ocasiones, implica un alto costo social y económico, sin que terminen de cubrir alguna necesidad social. En general buscan crear algo “estético” para obtener el reconocimiento personal, ya sea del diseñador o del promotor (pudiendo ser un político o funcionario público). Son proyectos de egoísmo y vanidad, donde la funcionalidad es totalmente secundaria. También se impulsan para obtener un beneficio económico, tanto personal como de grupos que los rodean, donde el beneficio público es un adorno de las ganancias privadas.
En ocasiones, estos personajes logran obtener un cargo político o un puesto burocrático importante y comienzan a impulsar sus proyectos personales. De este modo, llegan a alcanzar lo que se ha llamado una captura institucional de una parte del Estado, es decir, se apropian del presupuesto público y de sus recursos humanos. Así pueden lograr que se construyan sus proyectos, a pesar de ser disfuncionales.
Normalmente quienes proponen este tipo de proyectos son arquitectos (el ejemplo más conocido es Calatrava); pero también hay grandes especuladores y políticos que tanto los proponen como los apoyan; y quienes son los más peligrosos de todos para el bienestar común. En México el caso más reciente y conocido es el proyecto para construir un centro comercial sobre la Avenida Chapultepec, diseñado por el arquitecto Fernando Romero y promovido principalmente por el abogado Simón Levy (en su calidad de funcionario público). Este fue cancelado tras una movilización de diversos sectores que consideraron correctamente como aberrante la privatización del espacio público.
No dudan en especular, engañar y mentir para lograr que sus proyectos se desarrollen. Probablemente lo más común que he llegado a escuchar de este tipo de personajes es el uso de un tipo de argumento de autoridad (o argumento ad baculum) : “…me encargaron realizar este proyecto y está autorizado por el presidente municipal (la gobernadora, el secretario, el presidente, etc)”… Para con ello obtener la autorización de diferentes partes de la burocracia, que no se opondrían al poder de una autoridad política, dado el riesgo que implicaría para sus empleos y carreras.
Además, suelen recurrir a una mezcla de engaños para sacar adelante su proyecto y pueda ejecutarse: “…ya nos reunimos con el área de conservación, la de obras, la de medio ambiente, etc. y todas ellas ya nos otorgaron el permiso, sólo falta que tú área (institución, organización, etc.) nos respalde…”
Este tipo de argumentos y engaños no son algo novedoso. Leyendo el libro de David Harvey, París, capital de la modernidad (Akal, 2008), me encontré que este tipo de estrategias fueron usadas por el barón Georges-Eugène Haussmann, que en el periodo del Segundo Imperio de Francia, fue designado por Napoleón III para llevar obras para modernizar París. Bajo la batuta de Haussmann se destruyó grandes partes de París, para ser remplazadas por grandes bulevares, edificios comerciales, habitacionales y a un gran desplazamiento de la población. Aún sin la completa aprobación de Napoleón III. Harvey (p. 14) lo describe muy bien en este pasaje:
“Según la leyenda que crea el propio Haussmann en sus Mémoires, el día en que prestaba juramento de su cargo, el emperador le presentó un mapa en donde estaban señalados con líneas de diferentes colores, según la urgencia de cada proyecto, los planes para reconstruir la ciudad. Según Haussmann, éste fue el plan que, con algunas ampliaciones, llevó fielmente a la práctica en las dos décadas siguientes.”

Haussmann utilizó el argumento de autoridad, que sostenía que el plan había sido no sólo autorizado, sino planeado por el mismo Napoleón III. De esta manera, difícilmente otras partes del imperio se opondrían a la ejecución de las obras. Harvey continua el mismo pasaje:
“No obstante, sabemos que esto es un auténtico mito. La realidad es que había habido una amplia discusión sobre este tema y, durante la Monarquía de Julio, se habían realizado esfuerzos concretos (dirigidos por Claude Rambuteau, prefecto de París desde 1833 hasta 1848) encaminados a modernizar la ciudad. Durante toda la década de 1840 se habían discutido innumerables planes y propuestas. El emperador, después de su elección como presidente en 1848, ya había mostrado su disposición hacia las iniciativas de renovación urbana y Berger, el antecesor de Haussmann, había empezado la tarea con decisión. Se estaban ampliando la Rue de Rivoli y la de Saint Martin, y ahí están para demostrarlo las fotografías de LeSecq y Marville, así como los mordaces comentarios de Daumier sobre los efectos de las demoliciones realizadas entre 1851 y 1852, un año antes de que Haussmann tomara posesión del cargo. Incluso el emperador había formado en 1853 una comisión bajo la presidencia del conde Simeon para asesorar sobre proyectos de renovación urbana. Haussmann sostiene que se reunía muy pocas veces y que sólo proporcionaba unos informes internos con unas recomendaciones banales e impracticables. La realidad es que esta comisión se reunía con regularidad y que elaboró un plan complejo y muy detallado que fue presentado al emperador en diciembre de 1853. Haussmann lo ignoraba de manera deliberada, aunque no se sabe lo que pudo influir en el emperador, el cual, por otra parte, le mandaba llamar con mayor frecuencia de lo que éste reconoce. El emperador también le había dado instrucciones, como respetar las estructuras de calidad que ya existieran o evitar las líneas rectas. Haussmann ignoró ambas observaciones. El emperador no mostraba mucho interés en las redes de suministro de agua o en la anexión de los suburbios, pero Haussmann tenía obsesión con esos dos temas y se salió con la suya. Sus Mémoires, que hasta la fecha han servido de base a la mayoría de los relatos, están llenas de engaños.”
Haussmann tenía su propio proyecto y su visión de la intervención en París, y no dudaba en esgrimir sus justificaciones basadas en el poder del emperador, al que solía ignorar en sus peticiones. El engaño formaba parte de su forma de gestionar los proyectos. Harvey concluye que su argumento de legitimación se basaba en la designación que le dio Napoleón III, para lo cual tuvo que crear una fantasía a su alrededor para sostenerla: que el emperador encabezaba una ruptura radical que llevaría a la modernidad de París.
“De cualquier forma, estas contradicciones de Haussmann resultan bastante reveladoras. Por encima del evidente egoísmo y vanidad, que no le faltaban, muestran, en parte, a qué se tuvo que enfrentar. Necesitaba crear alrededor de sí mismo y del emperador el mito de una ruptura radical, un mito que ha sobrevivido hasta nuestros días; demostrar que lo anterior era irrelevante, que ni él ni Luis Napoleón estaban de ninguna manera sujetos al pensamiento ni a la práctica del pasado inmediato. Esta negación realizaba una doble función: por una parte, cimentaba la idea del mito que era esencial para el nuevo régimen; por otra, afianzaba la idea de que no había alternativa al benevolente autoritarismo del Imperio. Los planes de las décadas de 1830 y 1840 que habían realizado republicanos, demócratas y socialistas eran impracticables y no merecían consideración. Haussmann ideó la única solución factible, aunque fuera factible simplemente porque estaba imbuida por la autoridad del Imperio.”
El caso de Haussmann es un pequeño recordatorio del poder que pueden llegar a tener los encargados de obras públicas basándose en engaños y argumentos no racionales, para llevar a cabo sus proyectos (de vanidad o de beneficio económico), sobre el bienestar común e incluso sobre la visión de los mismos políticos que los nombraron.
Finalmente, es necesario apuntar que este tipo de personajes, proyectos y capturas institucionales abundan en periodos de especulación inmobiliaria, en los que la codicia desatada por la obtención de ganancias extraordinarias facilita sus métodos. Esto genera conflictos en torno a dichos proyectos, que ponen de manifiesto una lucha de clases por el control de los espacios comunes de las ciudades.

Hola Salvador!
Hace poco me encontré con esta cita:
"El arquitecto es el ´homo poeticus´ que ha estado siempre dispuesto a sacrificar mucho más de lo que los otros hubieran sacrificado para que el ambiente de vida de los hombres sea un poco menos descuidado, menos vulgar".
Ludovico Quaroni, La torre di Babele, Marsilio Editore, Padua, 1967
Me recordó a los que creen en el "homo economicus".