
Uno de los argumentos más comunes sobre la reducción de la pobreza extrema en los dos últimos siglos es que se debe al ascenso del capitalismo, al libre mercado y a los avances tecnológicos (agrícolas). Este argumento se utiliza a menudo para rebatir la idea de aplicar políticas reformistas (como la regulación del mercado) o de cambio radical (como la instauración del socialismo), así como para minimizar la creciente desigualdad de ingresos y riquezas en el mundo. Este último argumento sostiene que la desigualdad es un pequeño precio a pagar para sacar a millones de personas de la pobreza extrema.
Sin embargo, este argumento es falaz, ya que oculta la historia de la expropiación de las tierras comunales en todo el mundo, especialmente las agrícolas. La población campesina dependía de estas tierras comunales y de sus recursos para alimentarse y vestirse, sin generar necesariamente excedentes para comercializar. Es decir, para el capitalismo no producían valor ni mercancías, aunque ellos mismos cubrieran sus necesidades fuera del mercado. La causa principal del surgimiento de la pobreza extrema en el siglo XIX fue el largo proceso histórico de privatización de los comunes, especialmente de las tierras en el campo. Lo que generó una gran población desposeída de todos sus bienes y medios para valerse por sí misma.
El filosofó e historiador Ian Angus resume muy bien este proceso en una pequeña sección de su libro The War Against the Commons (2023, p. 171), que resulta muy valiosa para desmontar estos argumentos y que a continuación transcribo:
¿Acabó el capitalismo con la pobreza extrema?
Estrechamente relacionada con el mito de la “revolución agrícola” está la afirmación de que la mayor parte de la población mundial vivía en la pobreza extrema, sin poder acceder a bienes esenciales, hasta que el capitalismo la rescató. En su libro Enlightenment Now, Stephen Pinker defiende esa visión, a la que llama “la Gran Huida”, utilizando un gráfico que parece mostrar un descenso de la pobreza extrema, del 90 % de la población mundial en 1820 a menos del 10 % en 2020.

Dylan Sullivan y Jason Hickel desmontan esa afirmación en un artículo publicado en la revista World Development en enero de 2023. Tras examinar datos de Europa, América Latina, África subsahariana, el sur de Asia y China, demuestran lo siguiente:
El auge del capitalismo coincidió con un deterioro del bienestar humano. En todas las regiones estudiadas, la incorporación al sistema mundial capitalista se asoció con una caída de los salarios por debajo del nivel de subsistencia, un deterioro de la estatura media y un marcado aumento de la mortalidad prematura. En algunas zonas de América Latina, África subsahariana y el sur de Asia, los principales indicadores de bienestar aún no se han recuperado.
Las condiciones de vida no comenzaron a mejorar hasta la década de 1880 en el noroeste de Europa, y a mediados del siglo XX en el Sur Global. Esos puntos de inflexión se produjeron mucho después de que el capitalismo se hubiera afianzado; estos corresponden con el auge de los sindicatos, los partidos socialistas, las luchas anticoloniales y otros movimientos sociales radicales que lograron reformas significativas.
La gráfica de Pinker muestra un aumento del PIB per cápita, que es un indicador útil para sociedades en las que la mayor parte de la producción y el consumo sucedía fuera del mercado. “El PIB no tiene debidamente en cuenta las formas de abastecimiento no mercantiles, como la agricultura de subsistencia, la recolección y el acceso a los bienes comunes, que son fuentes importantes de consumo para gran parte de la población mundial, especialmente durante determinados períodos históricos”.
Los estudios sobre los niveles reales de consumo muestran que, antes de la Revolución Industrial, la mayoría de las personas eran efectivamente pobres, pero “muy pocas vivían sin acceso a alimentos básicos, ropa, combustible y vivienda”. La pobreza extrema generalizada solo se producía, por lo general, en “períodos de trastornos sociales graves, como hambrunas, guerras y despojo institucionalizado —especialmente bajo el colonialismo—“. Sullivan y Hickel concluyen:
Contrario a las afirmaciones de que la pobreza extrema es una condición humana natural, es razonable suponer que las comunidades humanas son, de hecho, innatamente capaces de producir lo suficiente para satisfacer sus propias necesidades básicas (es decir, de alimentación, ropa y vivienda), con su propio trabajo y con los recursos de que disponen en su entorno o mediante el intercambio. Salvo en caso de catástrofes naturales, las personas suelen alcanzar este objetivo. La principal excepción se da en situaciones en las que las personas se ven privadas de acceso a la tierra y a los bienes comunes, o cuando su trabajo, sus recursos o sus capacidades productivas son apropiados por una clase dominante o por una potencia imperial externa. Esto explica la prevalencia de la pobreza extrema en el capitalismo…
El capitalismo no es el único sistema que genera pobreza; la pobreza puede ser consecuencia de cualquier sistema en el que una clase desfavorecida carezca de poder político y económico. Sin embargo, es claro que la expansión del sistema mundial capitalista provocó un proceso dramático y prolongado de empobrecimiento a una escala sin precedentes en la historia documentada.
Referencias:
Angus, Ian. (2023). The War Against the Commons. New York: Monthly Review Press.
Sullivan, Dylan & Jason Hickel. (2023). “Capital and Extreme Poverty: A Global Analysis of real Wages, Human Height, and Mortality since the Long 16th Century.” World Development 161 (January 2023). https://doi.org/10.1016/j.worlddev.2022.106026
Pinker, Steven. (20189. Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress. New York: Viking.
